Día de Reyes

Qué contenta que estaba la muñeca! Cuando la cogieron de la estantería de la tienda de juguetes y la envolvieron bien en una caja de regalo – ¡con lazo y todo! – ya sabía que aquello es lo que había esperado toda la vida. Iría a parar en casa de algún niño o de alguna niña y se pasaría el día jugando: le cambiarían la ropa, le cepillarían los cabellos, quizás incluso la bañarían en una bañera con agua de verdad y seguro que tendría otras muñecas con las que jugar.

La peonza no estaba tan contenta, pues no le gustaba nada que la hicieran girar: siempre se mareaba. Ya de pequeña su madre le decía que no era una peonza muy normal, ya que todas las peonzas han nacido para girar. Cuando cogieron la peonza y la envolvieron para regalar, pensó que ahora tendría que dar vueltas todo el día y pasarse todo el rato mareada.

El cochecito, con su mando a distancia, no podía ni creer lo que ocurría, de tan contento que estaba. Tanto tiempo parado y por fin podría correr todo el día por el pasillo arriba y abajo. Deseaba de todo corazón que la casa donde lo llevaban hubiera una alfombra y un montón de peldaños: le encantaba la sensación de correr por encima de la lana rugosa y saltar por las escaleras. Ya sabía que era peligroso, pero le daba igual.

El paje real elegía un montón de juguetes: la muñeca, la peonza, el coche teledirigido y ahora preguntaba si tenían robots. Todos los robots de la estantería sacaron pecho y pusieron la espalda muy derecha. Todos querían ser los elegidos. Imaginaros: si este paje se llevaba tantos juguetes de golpe, quería decir que irían a parar en una casa donde debía de haber un montón de niños. Se lo pasarían de maravilla.

El robot elegido, uno muy grande, que llevaba cuatro pilas y chillaba “¡Fuerza, fuerza!” cuando le pulsaban la oreja derecha, entró muy orgulloso dentro de la caja de regalo. El paje, mientras leía la lista de Reyes que llevaba en la mano, todavía añadió una cuerda de saltar, unos bolos, un juego del parchís, una pelota, un tren eléctrico y una cocinita con todos los accesorios, incluidos un paquete de alcachofas y unas latas de sardinas. Los juguetes estaban tan contentas que apenas podían quedarse quietos dentro de sus cajas y todavía faltaban tres o cuatro días para el día de Reyes.

Cuando por fin llegó la noche de Reyes, el paje ayudó a colocar cada regalo debajo el árbol. Por la mañana, muy temprano, unos pasos se acercaron corriendo hacia el montón de cajas de regalo. Los juguetes estaban tan nerviosos que no se podían aguantar más. El robot casi se pone a chillar “¡Fuerza, fuerza!” antes de que abrieran su caja.

Qué sorpresa tuvieron cuando vieron que todos aquellos juguetes eran sólo para…. ¡un solo niño! Éste estaba muy contento cada vez que abría una caja, pero pronto se olvidó de todos sus regalos. Primero cogió la muñeca, que orgullosa estiró bien las trenzas, pero mientras le cambiaba el vestido la dejó olvidada debajo el sofá, porque el tren había silbado y había distraído su atención. Pero mientras el niño miraba embobado el tren, el robot chilló “¡Fuerza, fuerza!” para ver si alguien le hacía caso y el tren quedó abandonado y descarrilado bajo el árbol de Nadal. El coche teledirigido empezó a hacer sonar el claxon sin que nadie tocara el mando a distancia, sólo para llamar la atención: también quería que alguien jugara con él. Al final, para ver qué era aquel claxon que sonaba sin cesar, el niño, agobiado, dejó caer el robot, que fue rodando hasta quedar debajo de la mesa del comedor.

Y así pasó toda la mañana, de un juguete a otro, pero sin jugar con ninguno. Los juguetes estaban enfadados, muy enfadados. Los padres no paraban de hablar y decir: “¿ya has visto esto?, ¿y eso?, ¿Ya te has dado cuenta de todo el que puede hacer este coche? ¿No juegas con la cocinita?”

La única que estaba contenta era la peonza, que no había tenido que girar ni una sola vez y no se había mareado. Al final del día, el niño estaba agotado. Todavía no sabía como funcionaba ni uno de los juguetes y se dio cuenta que la pobre muñeca iba medio desnudada, pues no había tenido tiempo ni para acabarla de vestir.

“Ya sé qué haré!”, pensó el niño. “Mañana elegiré un juguete y jugaré con él todo el día. Y el día siguiente elegiré otro y también jugaré con él todo el día. Así aprenderé a hacerlos funcionar y no estarán tristes. El año que viene, quizás no hará falta que pida tantas cosas en la lista de Reyes: me parece que este año me he pasado”.

Autora: Eva Santana

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