“Lo ves por la televisión y piensas que no te va a tocar nunca”

Te levantas a las ocho un domingo y la niña no está. Se había ido por la ventana”. Así empieza su relato Montse. Hasta aquella mañana de julio, todo parecía transcurrir con normalidad en casa, más allá de los vaivenes habituales de una menor que está entrando de lleno en la adolescencia. “Nos dimos cuenta cuando ya se había ido. Nunca había dicho nada”, lamenta.

La niña estaba más rebelde los últimos meses, pero fue algo que achacaron a la edad y al déficit de atención que sufre. “Llamamos a los Mossos y empezamos a buscarla por todos lados”. La encontraron llorando, andando sin rumbo por Can Rull, el barrio de Sabadell en el que vive.

Según ha revelado recientemente una encuesta de Amnistía Internacional (AI), una de cada cinco mujeres en España afirma haber experimentado abusos o acoso en las redes sociales al menos en una ocasión. Sin embargo, en el sondeo, realizado a 4.000 mujeres de entre 18 y 55 años de ocho países distintos, no se incluyen casos cada vez más frecuentes y precoces como el de Alba. Su madre, Montse, relata la experiencia de esta joven, víctima de cyberbullying hace poco menos de tres años, cuando apenas tenía 11. Un perfil que abunda.

Benjamín Ballesteros, director de programas de la fundación ANAR y doctor en psicología, encuentra la explicación a estos nuevos casos en la prontitud con la que se tiene acceso a un móvil. “Tiene que ver con la falta de madurez en edades tan tempranas y la poca capacidad para detectar los riesgos de llevar a cabo un determinado comportamiento con el dispositivo”, explica ante la nueva realidad de víctimas cada vez más jóvenes como Alba.

Ningún síntoma extraño que alertara su situación

Aunque pueda parecer sorprendente, la joven sabadellense no había dado señales que advirtieran la situación que estaba viviendo desde hacía meses. “No sospechábamos nada”, confiesa, pero su hija se había marchado. Aquel día se dejó el móvil en casa. “Vimos que le había escrito a un amigo diciendo que no podía más, que la estaban acosando y que se iba a suicidar”. Se les vino el mundo encima. Alba lo había estado ocultando todo. Un comportamiento habitual entre las víctimas.

Según revela un estudio de la fundación ANAR, el 75% de los jóvenes que sufren cyberbullying no se lo cuentan a nadie. “No quieren generar problemas en casa, se sienten culpables porque piensan que pueden haber hecho algo para que el acoso se produzca, y evitan ser el centro de atención porque ya están siendo víctimas de un escarnio público”, expone Ballesteros sobre algunas de las razones que explican su silencio. De media, las víctimas tardan más de un año en decidirse a contar lo que están viviendo.

Primero se hicieron amigos en la red. Decían que eran primos de amigas suyas

En apenas seis meses de diferencia, dos chicos habían empezado a acosar a Alba. “Primero se hicieron amigos en la red. Decían que eran primos de amigas suyas”. Uno de ellos tenía 17 años y vivía en Málaga. El acoso se producía a través de las redes, tanto Whatsapp, como Instagram y Facebook, donde buscaban su círculo de amistades para inventar sus pretextos. Los problemas de la menor también se trasladaban al colegio. Como cuenta Montse, el bullying que se produce en Internet dificulta mucho más la tarea de los padres a la hora de advertir la situación.

Tenía móvil desde los diez años y al principio la controlábamos más. Un día empezó a bloquear el móvil, a cambiar las contraseñas y borrar mensajes”, lo que impedía que pudieran enlazar las conversaciones cuando accedían al dispositivo. Gracias a la posterior investigación, descubrieron que en los mensajes le pedían imágenes subidas de tono. En alguno, según cuenta, incluso la llegaban a amenazar: ‘Si no me mandas un vídeo masturbándote voy a ir a tu casa a buscarte’. Ella, presa del miedo, intentaba borrar todo lo relacionado con los acosadores.

Los Mossos empiezan a averiguar cosas tras estar seis horas declarando, lees lo que cuenta y te quedas a cuadros
La irrupción de las nuevas tecnologías entre los jóvenes, además, ha cambiado el escenario. “Es muy difícil, porque ahora desde muy pequeños están en la red y cada vez es más complejo”, avisa Montse. Según un estudio de la Universidad del País Vasco, que confirma lo apuntado por el doctor Ballesteros, la edad de inicio de acceso a Internet ha disminuido y se sitúa de media en los 7 años, mientras que adolescentes que ahora tienen entre 15 y 16 años penetraron en el mundo digital con solo diez.

El ejemplo de Alba ilustra un perfil muy habitual entre las víctimas. Según datos de ANAR, en un 70% de los casos de ciberacoso las víctimas son niñas. El informe también establece que la media de edad de las víctimas es de 13,5 años, si bien los primeros casos se han llegado a detectar a partir de los 9. Cada vez más pequeños. Además, el 20,55% del total de los casos de acoso se produjeron a través de la aplicación WhatsApp en 2016. Una característica que también se cumplió en su experiencia.

Tras el impactante episodio de su huida, Alba empezó su tratamiento, asistiendo a terapia en el hospital, donde todavía acude hoy. La joven se vio obligada a cambiar de clase como consecuencia de sus problemas. La cooperación entre el instituto, el hospital y la familia está resultando clave para evitar que se reproduzcan episodios que no se supieron manejar en el pasado. Desde que su entorno conoció su experiencia, en casa empezaron a dejar el teléfono en el comedor y no en la habitación, sobre todo por las noches. “He visto niños de 12 años enviándose mensajes hasta las 3 de la mañana”, alerta Montse. A día de hoy, todos los mensajes que llegan al móvil de Alba van también al dispositivo de sus padres, y la joven tampoco tiene redes sociales.

Las medidas adoptadas y la ayuda recibida permiten poco a poco recuperar la normalidad. “Hasta que no la vea estable, vamos a vivir con miedo. Te levantas por la noche y vas a mirar si está en la cama”, confiesa emocionada. “No la puedo tener encadenada, tiene que vivir las cosas que le tocan a su edad. Pero cuesta mucho porque todos sufrimos, no solo ella”. Montse también ha tenido que recibir tratamiento para la ansiedad tras el duro golpe. “Lo ves por la televisión y piensas que no te va a tocar nunca”.

Con el paso del tiempo, contarlo le sirve a su vez de estímulo para rehacerse. “La familia es ajena a lo que está ocurriendo y cuando lo descubren, por un lado, se sienten culpables por no haberse dado cuenta. Por otro, enseguida buscan encontrar respuestas en la escuela aunque el centro también desconozca muchas veces lo que estaba viviendo la víctima”, explica el doctor Ballesteros.

En los casos de cyberbullying, las madres de las víctimas son las que dan la voz de alarma el 74,7% de las veces, frente al 25,3% de ocasiones en las que los que llaman son los menores acosados. En su caso, Alba tuvo que escaparse para destapar todo lo que había silenciado durante un año. A pesar de los progresos, la batalla continúa casi tres años después.

De los dos ciberacosadores, uno de ellos ha quedado sin castigo. Según el juez, aun teniendo pruebas en las que se ve cómo la amenazaba pidiéndole fotos desnuda, los documentos no han sido suficientes y el joven ha quedado impune. En el segundo caso, la familia sigue esperando a que se sepa quién es y se pueda celebrar un juicio. Son las secuelas que permanecen todavía vivas. Aquellas que se manifiestan en forma de tímidas lágrimas cuando Montse recuerda lo sucedido.

Por MARC BÉJAR en LA VANGUARDIA 29/11/2017
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